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A servir la “leche fría” desde otra jarra y una nueva piel: la mía.

Apenas hace unos días y unas noches, como toques de electricidad, empezaba a sentir descargas de Leche Fría. Pero no con la fuerza suficiente para hacer arrancar el motor de nuevo. Minuto a minuto, cuando se cuelan los silencios en la piel, se llenan de blanco los sentidos. Entonces el cuarto comienza a inundarse y yo a nadar en él con el deseo de ahogarme y dejar de pensar para poder sentir.

Distinta ubicación, paredes diferentes, una atmósfera nueva en la que hoy estoy parado y en la que comienza a ser fácil sumergirme y soltarlo todo. Cierro los ojos, me quito la ropa, enciendo la piel, apago la luz y entro a la calle del deseo, de la nostalgia de la pregunta de los sueños en donde corren ríos de “leche fría” que calman y quitan la sed, que lubrican el corazón y la piel.  Me exploro por dentro y encuentro la ilusión intacta, me lleno de calma y sigo nadando, sigo flotando en este espacio que empiezo a sentir mío y al que empiezo tambien a entregarme. Porque así somos todos; nos damos y nos compartimos cuando logramos vencer el miedo, cuando nos sentimos tan llenos y completos que no nos importa que nos roben de a poco.
Estas nuevas paredes me saben más a mi que las anteriores, se ven más como yo, como soy y como me siento. Por lo mismo, me es más fácil viajar hacia adentro. No hay prisa, no hay personajes pero si hay un alma empapada, un alma caminando debajo de la lluvia con los pies limpios de tierra mojada y los pulmones contentos del olor a humedad de mi propio cielo y mi propio tiempo.
Al fin me siento sólo, completo. Al fin puedo leer mis propias letras y empiezo a armar nuevas oraciones. Las noches me susurran al oído sólo por coquetear, porque saben que pueden gritarme si quieren. Mi almohada y las sábanas son de confianza, lo saben todo, no les oculto nada. Es más, les pido permiso para explorar los mundos y los muslos de otros cuerpos. A veces imaginarios, a veces de carne y hueso. Aunque no he querido imaginar mucho últimamente… Ja, ja.

Blanco: un color que me vuelve “neutro”, que me calma y me excita, que me eleva y me hunde, que me sabe a “completo” y por lo mismo, me busca.
Dos buróes blancos lechosos llegaron a mi de la nada y en este todo, se encienden y me provocan a sentir, decir y escribir. (Esta relación morbosa con las letras cada día me sienta mejor)
Un espejo; un espejo que aún no encuentra lugar porque ha preferido viajar a cada rincón para reflejarlo todo…  Y un reloj que conservo desde niño y que no funciona. O más bien es demasiado perfecto, no me da la hora pero me da recuerdos, momentos. Si, hay unas cuantas cosas más a mi alrededor, pero por el momento me las reservo para dejar siempre un aire de misterio. Porque por más poca ropa que usemos, siempre debemos conservar para nosotros un secreto.

Me da risa, esto está pareciendo la versión futurista de la canción de Cri-Cri… “Di por qué, ¡dime abuelita!” Ja, ja. Pero versión porno… ¡Vaya! ¡por lo menos!
Salto del placer a la risa porque me he construído un puente perfecto, porque no le encuentro sentido a uno sin la otra.
Empiezo a sentir el bajón, el efecto de la “leche fría” se está metiendo al cajón. Pero esta noche se han servido los primeros vasos sólo para mi y para poder salpicarlos un poco.
Gracias por esos 5 sentidos, por el tiempo que se toman para leer mis momentos y por ese deseo de sentir. Gracias por hacer de este blog una orgía de emociones, recuerdos y sensaciones.

Salvador Núñez.

¡Salud!